Alzamiento y represión en Miranda de Ebro

José Antonio y Luís Martínez Mendiluce

Era famosa esta población -12.000 habitantes- por su izquierdismo, con poderosas formaciones del PCE, JSU, PSOE, IR, UR, UGT y CNT. Las izquierdas habían triunfado, aplastantemente, en las elecciones municipales celebradas en el curso de la II República (abril 1931-abril, 1933) y en las legislativas del 16 de febrero de 1936. Los concejales destituidos en octubre de 1934, eran repuestos en sus funciones en febrero de 1936. La corporación municipal la integraban catorce ediles, de los que diez, incluido el alcalde, pertenecían al Frente Popular.

El 19 de julio de 1936, a la mañana temprano, en el puente Carlos III de ese importante centro de comunicaciones, afiliados de dichos partidos y sindicatos ofrecieron resistencia a unos sesenta miembros de la Guardia Civil, sublevada.

El jefe de este instituto armado de la ciudad, capitán Emiliano Quintana Caicedo, había sido condecorada por la autoridad republicana pertinente en premio a su lealtad a las instituciones vigentes. El 18 de julio, al anochecer, consecuente con el juramento de fidelidad prestado al régimen legítimamente constituido, se dispone a organizar la de defensa de la ciudad para hacer frente a un hipotético enemigo que pretendiera adueñarse de ella. Entre otras medidas, procede al emplazamiento de sus hombres armados en las vías de comunicación que dan acceso a la población, sobre todo, en la carretera de Orón y en el puente sobre el Ebro, en la carretera Vitoria Burgos.

Entrada la noche se distribuyen, entre militantes del Frente Popular, escopetas de caza y carabinas requisadas poco antes en cumplimiento a lo ordenado por la autoridad competente. Seguidamente, milicianos frentepopulistas armados partían de la Casa del Pueblo y se asentaban en la “central Telefónica” y en “el Selectivo”, ubicado en la estación de ferrocarril, de acuerdo con lo dispuesto por las autoridades municipales.

Considerando el Gobernador civil de la provincia que Miranda se hallaba suficientemente controlada por los policías municipales y milicianos obreros adictos al orden constituído, mientras en su poder obraban pruebas concluyentes de que bastantes jefes y oficiales de los regimientos de la capital se iban a insurreccionar de un momento a otro, y que en ésta escaseaban hombres de la acreditada lealtad del capitán Emiliano, sobre la una de la noche del 19 de julio, le ordenaba se desplazara con su tropa a Burgos.

Poco antes de que Emiliano y su unidad armada arribaran a la capital burgalesa, los sublevados se habían enseñoreado en ella y habían detenido, entre otros, al general jefe de la VI Región militar, Domingo Batet, y al Gobernador civil. Poco después, éste moría de balas falangistas, sin que fuera juzgado, y más tarde, el general sería fusilado, en presencia de unos quinientos invitados, tras ser sentenciado, en Consejo de guerra, a dos penas de muerte.

En la madrugada del día señalado, un tropel ultraizquierdista ocasionaba incendios en la iglesia de Santa María, colegio de los Sagrados Corazones, convento de las madres Agustinas y en la vivienda de la familia derechista Eranueva. Todos, salvo el del convento de madres Agustinas, serían pronto sofocados.

Mientras tanto, grupos izquierdistas penetraban en la cárcel y sacaban los presos a la calle.

Sobre las seis horas del mismo día, ocho o diez frentepopulistas, dirigidos por el destacado izquierdista San Millan, irrumpían en el domicilio del médico Pedro Aragües, significado falangista, y una vez registrada su vivienda en busca de armas y documentos comprometedores, la abandonaron acompañados del galeno. Al llegar a la plaza de la República, el Sr. Aragües se daba a la fuga. Cuando huía era herido por un disparo de escopeta efectuado por San Millán. Unos días después, el agresor y sus acompañantes fueron capturados y ejecutados.

A las doce de la noche del 18 de julio, los mirandeses Pedro Varona Clemente, Isidoro García de Albeniz (concejal) y Daniel Puente -alias Macareno-, se trasladaban a Eibar,en coche, en busca de armas y munición. Al regresar, con su preciado alijo, una pareja de guardias civiles, recién sublevados, los detenía en la provincia de Álava. Recluidos en la prisión de Vitoria, serían fusilados el doce de agosto tras ser sometidos a un consejo de guerra.

Una vez en Burgos el capitán Quintana Caicedo, con su sección armda, se unía a los sediciosos. Cumpliendo ordenes del jefe de La Benemérita de la provincia, se dirigía a Miranda, en dos omnibuses, con su unidad reforzada con unas parejas de guardias civiles, pertenecientes a otros cuarteles, para liberarla de las “hordas marxistas”, así llamadas por los sublevados.

De 7 a 8 de la mañana del 19 de julio, hacían acto de presencia en Miranda de Ebro sesenta guardias civiles al mando del nombrado capitán. Dos o tres parejas se estacionaban en el Alto de la Picota, y las demás, en el margen derecha del Ebro, muy cerca del puente de Carlos III.

Los defensores de la ciudad -la mayoría obreros ferroviarios-, provistos de escopetas de escopetas de caza, escasas carabinas y pistolas, tomaban posiciones en el barrio Allende, junto al puente.

Tras un fuerte y nutrido tiroteo entre ambos bandos contendientes, excesivamente desiguales en pertrechos, disciplina y táctica militar, con el resultado de dos muertos -el destacado socialista, alias El Cartujo, y el guardia civil, Valentín Palacios-, un guardia civil, herido grave y bastantes obreros, heridos leves, las libertades democráticas quedaban secuestradas en Miranda deEbro por espacio de más de cuarenta años.

Al poco de que cesara la resistencia obrera en el puente Carlos III, contra la Guardia Civil, sublevada, el agua del río iba a teñirse de sangre: “Una buena proporción de los más jóvenes escapó siguiendo la orilla del Ebro hasta llegar a la desembocadura del Zadorra, donde al intentar cruzar el vado Revenga, grupos de falangistas y tradicionalistas de Ircio y Zambrana, al mando de un clérigo,materialmente los acribillaron a balazos, produciéndose una matanza de más de 20 jóvenes mirandeses”. (Ramón Ojeda San Miguel, en “La Guerra Civil en Miranda”, página 39).

Con la aparición de falangistas y requetés -el día 20- se desencadenaba en la ciudad una brutal represión: ejecuciones (más de 300 entre 1936-1939), detenciones masivas, torturas, linchamientos, incautaciones -el chalé del diputado Fatrás, entre éstas-, exhibiciones, en calles y plazas, de mujeres, con las cabezas rapadas y purgadas con aceite de ricino.

El hábito de degradar a mujres en la vía pública se aplicó en mayor parte de los pueblos y ciudades de la zona rebelde, sobre todo, durante los primeros meses de guerra. “Se trataba, con frecuencia, de esposas, de hijas, hermanas y novias de ejecutados, presos o fugitivos. Solían pasearlas en horas de mayor afluencia de público, como a la salida de la solemne misa dominical, luego de haberles pelado la cabeza al cero y de hacerles beber fuertes raciones de aceite de ricino, que les ocasionaba diarrea, con la pretensión de satisfacer sus sádicos instintos y ridiculizarlas ante quienes las contemplasen hechas una piltrafa”. (Mariano Ayerra Redín, ex-parroco de Alsasua en “No me avergoncé del Evangelio”. Página 93).

Excusamos decir la limpieza, entre comillas, que llevaron a cabo los facciosos entre la honrada y laboriosa población mirandesa. Familias de 2,3,4 o más miembros fueron exterminadas. A un profesor universitario, conocido nuestro, le mataron cinco tíos y una tía. De diez componentes del grupo mayoritario de la corporación municipal, asesinaron a los siguientes: Emiliano Bajo Iglesias (alcalde), Saturio Hernández Alonso, Ricardo Barrio Osaba, Isidoro García de Albeniz, Miguel Giral Arabaizar, José Trueba Pérez, Francisco Mardones Madrid.

Nosotros conociamos mucho al Botica, empleado de farmacia, a Victoriano Angulo, natural de Santurde (Álava), y hermano de Urbano, uno de los sublevados, a un cuñado de Victoriano, trabajador en una panadería, y a otros de izquierda. Todos fueron matados, de una forma u otra, por los sublevados. Se destacaron matando, los falangistas de Pancorbo, y entre ellos se hizo tristemente legendario “El Cojo” de este pueblo. Numerosos mirandeses de izquierda escaparon por los campos para refugiarse en los montes; pero todos, o casi todos, fueron cazados y matados en el mismo o sucesivos días.

“En algunos lugares como la Pedraja o Ameyugo, se hicieron fosas comunes, que quedaban vigiladas para que los familiares no pudieran coger a sus cadáveres, ni identificarlos. En la Pedraja, los vecinos de los pueblos tenían que hacer vereda, que consistía en enterrar diariamente a los muertos que iban apareciendo. Cuando cogía a uno para “pasearlo”, decían a los familiares: No se preocupen, vamos a coger ciruelas (“Miranda 1936-1939, página 26).

Aún no se ha confecionado una lista, ni siquiera provisional, de mirandeses asesinados durante la guerra civil. El número de personas asesinadas en Miranda de Ebro en el curso de ese período, incluidas unas cuantas mujeres, se evalúa en más de trescientas.

Extraído de MARTINEZ DE MENDILUCE, José Antonio y Luis, Historia de la resistencia antifranquista en Álava 1939-1967, Txertoa, Donostia, 1998, pp.77-80

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